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El cazador cazado

Al estudiar la psicología del juego· del ajedrez, Beniamín Blumenfeld apuntaba con frecuencia sus pro­pias ideas durante las partidas, describía su estado de ánimo, su talante. Lo anotaba todo en un cuaderno de
pastas de hule que dedicaba especialmente al caso y que colocaba siempre encima de la mesita junto a los tre­bejos. Se ponía a meditar una jugada, luego tomaba la pluma y escribía sus pensamientos y temores. Lo resumía todo en casa, posteriormente, y sacaba las conse­cuencias de sus observaciones.
En cierta -ocasión; el contrincante de Blumenfeld, uno de los jugadores moscovitas de primera categoría, tra
tó de valerse del hábito de sacar notas que tenía el maestro. A aquel joven- ajedrecista, curioso en demasía, se le ocurrió que no le vendría mal saber lo que pensaba su rival durante la partida. Hecha su jugada, se ponía sin ceremonias a las espaldas del maestro y leía tranquilamente las notas que apuntaba en la libreta.
Beniamín Blumenfeld percatóse de las maniobras inquisitivas de su joven, pero demasiado emprendedor, ad­versario. Volvió varias veces la cabeza y le lanzó mira­das de reproche. Pero no surtieron efecto. En cuanto tomaba la pluma, aparecía la nariz del curioso por encima de su hombro. Diríase que no había remedio. ¿ Abando­nar la escritura? ¡Qué interés puede tener nadie en descubrir sus secretos a un rival ! Y tapar con la mano lo que uno escribe, da cierto reparo.
En el momento decisivo de la partida en que se tramaron grandes complicaciones en el tablero, Blumenfeld
se puso en pie y se alejó. Lleno de contento, el adversario inclinó rápidamente el tronco por encima de la mesa y leyó una frase recién escrita y casi ilegible: "Temo la entrega del alfil en g6".
La idea de sacrificar esa figura en g6 llevaba ya un rato cosquilleándole en la mente a aquel jugador. Ahora él veía comprobado el acierto de aquel sacrificio. Calculó de prisa las variantes posibles y mató con so­noro golpe un peón enemigo.
En aquel preciso instante, Blumenfeld surgió junto a la mesita. Se sentó con calma, echó una ojeada al table
ro y escribió lo siguiente a la vi sta de su contrincante, que se erguía a sus espaldas : "Mis temores eran infundados. La entrega ha sido una equivocación".
Acto seguido tomó la pieza sacrifica da y ganó la par­tida en pocas jugadas. ¡El vicio fue castigado, y la jus­ticia triunfó!
Kotov: "Apuntes de un ajedrecista"

1 comentario:

Javi Mata dijo...

Emocionante, te hace meterte dentro de la partida